miércoles, 15 de diciembre de 2010
Bendición de flores
viernes, 26 de diciembre de 2008
Sexo, pareja y amor
Pero a lo largo del tiempo la pareja ha cambiado. Hoy en día, la mayor movilidad, las cada vez más eficientes comunicaciones, la participación de la mujer en la vida laboral y, en general, el cambio en nuestras prioridades y valores como sociedad, han dejado casi obsoleto el esquema anterior.
Para empezar, la procreación ha dejado de ser parte inherente a la vida en pareja. En la actualidad, sobre todo en los países más occidentalizados, se discute sobre el tema antes de tomar decisiones. Las parejas no sólo deciden el momento de convertirse en padres o el número de hijos que quieren tener, incluso contemplan la posibilidad de no tener hijos como una de las opciones.
El divorcio se ha vuelto también un lugar común; la unión libre, una alternativa para muchos, y las segundas o terceras nupcias ya no son excepcionales. La pareja, como forma de relación, es dinámica y cambiante, porque como dice Carmen Domingo, “parejas, dúos, uniones, las hay de todo tipo: convencidas, convencionales, equivocadas, de rompe y rasga, dolidas, de conveniencia, eternas, maniáticas, intermitentes, desparejadas, de ida y vuelta, por contrato, enamoradas…, incluso las hay de tres.” 1 Hoy día, los esquemas son tantos que es difícil hablar de “la pareja” como si se tratara de un tema acabado y perfectamente definido. A continuación algunos de los tipos de pareja visualizados por dos autores interesados en el tema:
Parejas sin hijos (e hijos sin sexo)
La separación del eros y la procreación. Hemos pasado del sexo sin hijos (contracepción) a los hijos sin sexo (fecundación in vitro) en sólo 30 años. “Quizá a partir de esto la pareja del futuro tendrá que rendir cuentas de sus planes de procreación, como sucede hoy en China, pero a cambio disfrutará con más libertad del eros”.2
Parejas sin esquemas
Hay varios factores que perderán importancia sin el enfoque procreativo de la pareja. La diferencia de edad: será más común ver hombres más jóvenes con mujeres más maduras o viceversa; la diferencia de género: "probablemente aumentarán mucho las parejas homosexuales, dado que son el prototipo de la pareja unida por razones sexuales o afectivas, y no procreadoras".3
Parejas para producir y para consumir
Pasini cree que habrá parejas que se organicen “con un reparto rígido de funciones, como (…) las abejas. Así tendremos parejas para procrear, parejas para producir, y también parejas para gozar”.4
Parejas abiertas
Se trata de parejas en las que al menos uno de los dos mantiene una relación con una tercera persona con el conocimiento y consentimiento de su pareja original. No estamos hablando de mentiras o infidelidad, sino de un acuerdo en la pareja que puede ir desde el “permiso” para andar con otra persona, hasta las asociaciones de swingers.
Ciberparejas
Una tendencia cada vez más común que tiene como características particulares el uso de la tecnología para entablar relaciones interpersonales, el anonimato y la capacidad de entablar conversaciones con personas de todo el planeta. Si bien es un medio que de inicio generó desconfianza –especialmente para las generaciones que no crecieron con el Internet como parte de su vida cotidiana-, cada vez más personas entablan relaciones en una “caja de diálogo”.
Parejas sin contrato
“En las uniones, como en las situaciones de estado, existe una tercera vía: …ser una pareja de hecho.”5 Muchas personas comienzan su vida de pareja en lo que se ha llamado unión libre. En algunos casos, como un paso previo al matrimonio; en otros, como forma de vida elegida. Paradójicamente, siendo uno de los esquemas más populares en la actualidad, ha obtenido reconocimiento legal en muchos países.
Parejas separadas
Puede tratarse de parejas que, por condiciones laborales –de uno o de ambos- viven separadas la mayor parte del tiempo, o de parejas que por diversas razones deciden no compartir una casa, aunque tengan una relación formal. Este es un esquema especialmente común –aunque no exclusivo- entre divorciados que no quieren volver a perder su independencia ni su espacio personal.
¿Parejas?
Pero a todo esto, aquí valdría la pena reflexionar sobre nuestra necesidad de tener una pareja. Desde mi punto de vista, ese primer impulso de buscar una pareja que nos complemente, es la semilla del fracaso posterior. En la medida en que encontremos esa complementareidad, estaremos generando relaciones codependientes que, en el mejor de los casos, nos mantendrán unidas a nuestras parejas no “por amor”, como dicen los románticos, sino por necesidad; por nuestra incapacidad de ser íntegros por nosotros mismos.
Cabe fantasear, aventurándonos en el mañana como hacen los futurólogos, hacia qué tipo de relación de pareja evolucionaríamos si comenzáramos a trabajar en el crecimiento personal interno, en volvernos personas completas y plenas por nosotras mismas. ¡Qué diferentes serían nuestras relaciones si decidiéramos compartir nuestra vida con alguien a quien no necesitamos, de ninguna forma, sino a quien simplemente amamos! Si como dice Alfonso Ruiz Soto, las parejas estuvieran formadas, no por dos medias naranjas, sino por dos naranjas enteras —dos seres íntegros y completos que supieran amarse a sí mismos—, veríamos entonces parejas que se aman entre sí, genuinamente.
Para leer más:
Pasini, Willy. Los Tiempos del Corazón. Ed. Grijalbo.
Domingo, Carmen. Cada oveja con su pareja. Ed. Urano. Barcelona: 2003.
Ruiz Soto, Alfonos. Alborada. Cuarto Camino Editores, D.F.: 1999.
multiplikhada@hotmail.com
Artículo publicado el 28 de julio de 2004, en Milenio Diario, Ciudad de México.
sábado, 1 de noviembre de 2008
Amor, familias, futuro
Hace unos días me enfrenté con el reto de describir el significado de la palabra “ternura”. Vocablo conocido por todos, trillado, utilizado incluso como cliché. No obstante, qué dificil de describir. Lo hice como mejor pude: “capacidad de demostrar el amor sin palabras”. Pero la realidad es que se me presentó como todo un desafío. Lo peor del asunto fue cuando, ante mi falta de éxito para definirla, se me pidió hacer uso del lenguaje corporal para el mismo fin. La conclusión de mis interlocutores fue que, si bien yo sabía lo que significaba la palabra, no tenía ni la menor idea de cómo demostrarla y ponían en duda incluso la posibilidad de que la hubiera sentido.
Fue un ejercicio intenso que me llevó a hacerme muchas preguntas. ¿Qué nos –o me– ha pasado con los sentimientos que, de forma muy generalizada, tenemos dificultad para expresarlos?, ¿es que estamos perdidos en las palabras, los conceptos, los significados y nos hemos olvidado de sentir? Ante la gran cantidad de estímulos sensoriales –luces, colores, sonidos e imágenes– que nos inundan omnipresentes, hemos levantado una muralla protectora para sobrevivir. El problema es que los escudos te permiten no sentir los golpes, pero también te privan de sentir las caricias.
Entonces, ¿qué hacer ante la abrumadora sobreestimulación?, ¿cómo protegernos del dolor de la pobreza que nos rodea, de la ignorancia generalizada, de la inconciencia, de la violencia, de la falta de solidaridad, del abuso de poder?, ¿cómo preservar la sensibilidad y soportar al mismo tiempo la tristeza ante la realidad? La verdad es que si hay que decidir entre no sentir el amor para no sentir la tristeza, o sentir la tristeza con tal de sentir el amor, habría que irse por la segunda opción. El reto está en lograr el justo equilibrio que te permita suficiente sensibilidad para vivir la ternura y suficiente fortaleza para no quedar paralizado por el dolor. Es necesario un trabajo constante con la conciencia para llegar a ese estado mental. El lugar ideal para llevarlo a cabo: la familia.
Es claro que no estoy hablando necesariamente de la familia tradicional, esa en donde hay roles preestablecidos de acuerdo a exigencias socioculturales y en donde, típicamente, se carece de libertad y sobran las estructuras rígidas. Estoy hablando del tipo de familias que se caracterizan por su “viveza, naturalidad, sinceridad y amor (…) en donde la gente demuestra su afecto, inteligencia y respeto por la vida.”1 Pueden estar conformadas por padres e hijos, por una mamá sola con hijos, por un papá soltero, por una pareja sin hijos o una pareja homosexual, incluso por un grupo de personas más amplio, exista o no una relación de pareja de por medio. Viriginia Satir la denomina familia nutricia y es “el sitio en donde encontramos amor, comprensión y apoyo, aun cuando falle todo lo demás; el lugar donde podemos refrescarnos y recuperar energías para enfrentar con mayor eficacia el mundo exterior”.
Existen familias que, a primera vista, podrían parecer familias modelo: cuentan con un papá y una mamá, tienen hijos “perfectos” y corteses, poseen una casa propia, automóvil y mascota, tienen toda clase de lujos, comodidades y sirvientes, parece que viven la situación ideal. Y sin embargo, pueden ser perfectamente infelices, sufrir de gran soledad y frustración, ser inflexibles, rígidas y distantes; puede tratarse en realidad de familias conflictivas, típicas de nuestra sociedad urbana y postmoderna enfocada a los logros materiales y a las apariencias.
¿En qué parte del trayecto perdimos el enfoque correcto, el del amor?, ¿en qué momento dejamos de apreciar más el tiempo compartido que las posesiones desechables?, ¿cuándo perdimos la capacidad de expresar el amor y la sustituimos por el poder adquisitivo?, ¿por qué dejamos atrás la ternura y dimos paso a la búsqueda de la perfección? Lanzo estas preguntas al aire al tiempo que intento respondérmelas a mí misma. Desconozco las respuestas y tampoco se a ciencia cierta el camino de vuelta a casa, de vuelta a la verdadera esencia humana. Pero las hago también desde la esperanza en nuestra capacidad de autoconciencia, agradeciendo la maleabilidad del ser humano, nuestro potencial de constante transformación.
Recobrar la confianza en el ser humano –en nosotros mismos-, puede ser el primer paso. Sin duda, ante las devastadoras muestras de crueldad y violencia que llenan páginas editoriales, resulta difícil. Y por ello, bien vale la pena mirar profundamente en los ojos del otro, para recordar nuestra similitud, para no perder de vista que estamos en busca de lo mismo, tratando de construir caminos conducentes al mismo lugar: el del reencuentro propio y mutuo.
En ocasiones parece un esfuerzo infructuoso. Pero ante la responsabilidad de heredar el mundo a las siguientes generaciones, el intento es una obligación. La transparencia de la mirada de un bebé, su luz interior, es siempre una posibilidad de evolución humana. Por eso –por devolvernos la esperanza-, aquí, ahora y en este contexto, aprovecho para celebrar todos los nacimientos del día de hoy, en especial el de María Elisa. Va un beso para ti, pequeña, lleno de ternura y de optimismo.
Para leer más:
Virginia Satir, Nuevas relaciones humanas en el núcleo familiar. Ed. Pax México: 1991.
Publicado en Milenio Diario, el 26 de mayo de 2004.
miércoles, 15 de octubre de 2008
Quiero que me amen
Federico Nietzche
¿Te consideras una persona dadora, alguien generoso con tus sentimientos, alguien dispuesto a entregarte a los demás? Esa es, según dicen, la naturaleza femenina. En principio, porque damos lo más grande que se puede dar: la vida.
Claro está, para dar vida es indispensable recibir el complemento que conforma esa semilla vital, ese ser humano en potencia. Pero el hecho mismo de dar a luz, la transición del bebé hacia el mundo exterior, ese es nuestro privilegio.
Un privilegio que también es un reto, una danza entre la vida y la muerte, una enorme posibilidad que –mientras no nazca y sea capaz de sostener la vida por sí mismo- no deja de ser más que eso: una posibilidad. El feto dentro del útero está, por supuesto, vivo, pero sigue siendo parte de la vida de la madre; puede o no sobrevivir sin ella, dependiendo del momento de gestación. Así pues, parir, es un acto de amor para dar vida.
Las mujeres que no son madres
Y todo esto está muy bien, pero al final de cuentas puede tratarse de un evento único en la existencia de una mujer. O podría ser que una mujer nunca concibiera un hijo, por decisión propia o no. ¿Sería por ello una mujer menos amorosa? Dar a luz es un acto de amor, sin duda, pero evidentemente no es el único. Muchas mujeres que son madres, no cultivan su capacidad de dar, y van extinguiendo poco a poco la luz de su amor interior. Muchas otras nunca son madres, y cultivan de manera increíble su gran capacidad dadora. No es una cuestión de género, el potencial está en hombres y mujeres, y sin embargo, su manifestación no puede darse por hecho ni en uno ni en otro. Detrás de esta palabra tan usada y abusada, tan llena de imágenes color de rosa, frágiles y cursis, hay una fortaleza de verbos y sustantivos: fuerza, trabajo, responsabilidad, hacer, dar, respetar…
¿Somos amorosas?
Valdría la pena preguntarnos, ¿somos realmente mujeres amorosas? No lo somos por el mero hecho de ser mujeres, pero podemos serlo por el mero hecho de ser humanos. Analicemos esto.
Hay, como todos sabemos, muchos tipos de amor: el amor a platónico, el amor a Dios, el amor fraterno, el amor materno, el amor a sí mismo, por mencionar algunos. Sin importar el tipo de amor del que hablemos, siempre incluye la noción de dar.
Según Mirra Alfassa ,"el Amor es una de las más grandes fuerzas universales, existe por sí mismo, independientemente de los objetos en los cuales, a través de los cuales y por los cuales se manifiesta, siendo su fluir siempre libre. Se manifiesta en todos los sitios en los que encuentra una posibilidad de manifestación, en todos los lugares donde hay una receptividad, en todo lo que se abre él.”
Pero la función de dar es una que requiere más que la voluntad. Yo puedo desear, con todas mis fuerzas, darle a mi amigo en apuros un millón de pesos para resolver su situación; si no los tengo, no se los puedo dar. La tan conocida frase “No puedo dar lo que no tengo”, encierra una obviedad que, sin embargo, perdemos de vista con facilidad. Y ahí estamos, tratando de dar amor cuando no tenemos ni siquiera la capacidad de amarnos a nosotros mismos, tal vez porque nunca recibimos amor.
El efecto boomerang
También hay otra conocida frase: “todo lo que das, se te regresa”. Y aquí el asunto cobra una complejidad mayor. Si yo no tengo amor, no puedo darlo; si no lo doy, no puedo recibirlo, y para tenerlo debo haberlo recibido. El planteamiento se convierte en un círculo vicioso muy difícil, pero no imposible de romper.
Todos, en algún momento, hemos recibido amor. Aún el ser más abandonado, más solitario, más maltratado… aún él, ha recibido amor en algún momento. Si nacer, es en sí mismo, resultado de un acto de amor de alguien más y tú estás vivo, es que de una u otra forma has recibido amor suficiente para dar.
En su mundo interior, el ser humano puede generar –con tan solo una chispa de amor-, todo el amor que necesite dar. Y aquí sí interviene la voluntad.
De ahí que se afirme que el amor no es incondicional, en ningún caso. Dar y recibir es un constante e infinito flujo de retroalimentación, es el ir y venir de las olas del mar, es el día y la noche, es la ley de causa y efecto.
¿Qué decides?
Pregúntate, pues, si tu capacidad de amar está sólo latente, o si la ejerces con generosidad. Para responderte, no utilices tu pensamiento, sino tu sensibilidad. También puedes saberlo si observas a tu alrededor… como podrás imaginarte, para que el ejercicio de “dar” esté completo, es necesario que alguien “reciba”. Muchas veces, pensamos que damos, pero no nos molestamos en asegurarnos de que la persona que nos inspira a darle, realmente reciba, sienta que le das. Y si no lo siente, es que no lograste darle… habrá que buscar nuevas formas de amar, para que este sentimiento, el recurso humano más valioso, no se desperdicie.
Amar, finalmente, es una decisión. Ser amoroso, y recibir amor, también lo es. ¿Quieres amor en tu vida?
Publicado el 29 de marzo de 2004, en Milenio Diario.